
(Fotos: Rioja2.com)
Lo digo antes de que se me escape por los vericuetos de esta crónica de conciertos: ¡Rodrigo García es dios! Y uno de nuestros mitos propios. Nos hemos dedicado en España a dar lustre a artesanos de las canciones, pero nos hemos olvidado de hacer justicia con uno de nuestros mejores compositores pop de todos los tiempos. Alguien capaz de emocionar a 200 personas en una misma sala y, a la vez, emocionarse a él mismo al ver la reacción del público. Alguien que tiene en sus manos uno de los mejores cancioneros en español de todos los tiempos y que lo trata con respeto, humor y sin ningún tipo de complejos.
Rodrigo no es de esos artistas que se malhumoran con su obra a medida que pasan los años. Cuando echa la vista atrás, el que fuera fundador de Solera y de CRAG (Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán) sólo ve perlas. Porque sólo hay (o hay poco más que) perlas. Canciones tan inmensas como Linda Prima (el tema esencial cuando ves cómo tu amor se casa con otro que es más rico) o Cuarto Menguante (cuando te vas haciendo mayor y las chicas que te gustan acaban casadas, mientras tú sólo quieres seguir siendo el perfecto crápulo).
Embutido en un chándal y ajado por el paso del tiempo, Rodrigo se acompañó de su guitarra eléctrica y del maestro Leiva al piano para hacer que los mayores recordasen otros tiempos y que los jóvenes nos arrodillásemos ante uno de los mejores compositores que haya dado la música española. Sus canciones son dulces y cáusticas, de una primera vista amable y un fondo demoledor.
Rodrigo tiene muchísimo pasado en formato canción y un presente aún muy saludable, como demuestra su autoeditado El jefe. Si no conoces a Rodrigo (como muchos de los que estaban allí) y decides escucharlos, sólo te digo una cosa: acabarás entrando en la legión de seguidores.
Antes que él hubo tres propuestas diferentes en interés y resultados en el Café Cantante de Actual 2008, un concierto planteado para tomar copas, charlar y fumar mientras se escuchaba buena música. O algo parecido, porque, por ejemplo, Ajo & Mastretta dieron un recital de micropoesías y canciones de resultados desiguales.
A ratos, Ajo daba en el clavo y dejaba sentencias de impacto profundo. Pero en otros muchos momentos, aquello no pasaba más que del chiste elaborado, un poco al estilo de aquellos Accidents Polipoetics de hace unos años.
Así que, en una propuesta llena de subidas y bajadas, lo mejor de todo acabó siendo cómo Nacho Mastretta, un hombre acostumbrado a dejarse ver demasiado por encima de sus canciones, se convirtió en el pilar de todo. Cuando llegaban las canciones, respirabas aliviado: sentado al piano había un músico casi virtuoso que, por suerte, se quedó en un discreto y al final muy beneficioso segundo plano. Brilló él e hizo mejor a la simpática Ajo.

Con Serpentina tengo un problema. Los hermanos Tamarit me gustan cuanto más se escoran al sunshine pop, pero me pueden y mucho con sus voces a lo Julie Andrews. En sus conciertos, en cualquier momento, parece que va a aparecer la familia Trapp allá por las montañas. Sí, me acaba podiendo (como ya me pasó en su primer disco) ese sentimiento blando del que el poco Paco dijo “no somos cursis, estamos de vuelta”, sin que a varios de los asistentes nos quedase muy claro si ya venían o, en realidad, aún siguen yendo. Eso sí, las nuevas canciones fueron tremendamente bonitas, así que su inminente segundo disco ya tiene asegurada una escucha atenta.
Burruezo se presentó al estilo Bohemia Camerata y estuvo más contenido de lo esperado. teniendo en cuenta que nunca me he atrevido a profundizar en su obra con Claustrofobia por lo exagerado de su pose como cantante, me esperaba algo más histriónico. Pero no: los cuatro músicos de la Camerata y Burruezo dieron un recital bastante comedido y que, en sus momentos más sentidos (cuando a Burruezo le salió su vena flamenca), nunca resultó irritante. Al final, la sensación fue la de la obligatoria revisión de un artista al que puede que mis prejuicios hayan tenido maltratados. Volveré a sacar mis discos de Claustrofobia.
Y, para cerrar la divertida tarde, llegó Rodrigo. Pero ya está todo dicho: es un dios y nuestro mito de culto que más debemos hacer por reivindicar. ¿A qué esperas para escuchar sus canciones?

(Fotos: Rioja2.com)
La última vez que vi a Los Planetas en directo (la novena vez que nos encontrábamos), fue en el Primavera Sound de hace tres años y resultó una experiencia frustrante. Poco quedaba del grupo vital que siempre fueron: en aquella cita fueron a piñón fijo y, al menos a mí, me dejaron más frío que un témpano.
Por eso, recuperarles con un disco que, pese a zonas muy gélidas, volvía a transmitir emociones intensas (como ocurre con La leyenda del espacio) fue el primer paso hacia mi reconciliación con ellos.Y el pasado jueves tocaba comprobar si la segunda parte, la del directo, también nos volvía a unir o nos separaba casi para siempre. Y debo admitir que Los Planetas hicieron lo que en toda la gira de su nuevo disco: un concierto robusto, impactante (ese juego de luces estroboscópicas te tumba) y, en última instancia, tremendamente emocional.
Un concierto que, sin embargo, no es para todos los públicos. Los que piensen que La leyenda del espacio es una brasa (que los hay) tendrán pocas ocasiones para cambiar de idea. Porque los granadinos, durante más de la primera media hora, se centraron en ese disco y por si fuera poco presentaron dos temas nuevos. Así que, claro, desde El Canto del Bute hasta Ya no me asomo a la reja la cosa fue un tanto fría. Pero desde que apareció esta canción, la muralla helada que Los Planetas se habían autoimpuesto se desvaneció.

Es lógico con una canción de ese calado emocional. Quizás sea ella la culpable de que haya tantos defensores de La leyenda del espacio, quizás sea ella la que dé lustre a la primera mitad del disco. Porque en la segunda, y como demostraron Los Planetas en su concierto logroñés, hay alguna de las mejores canciones pop que han hecho los granadinos en los últimos años. Brillaron Deseando una cosa y Entre las flores del campo, yo eché a faltar Sol y sombra y Tendrá que haber un camino se va al garete si no está Morente dándole lustre. Es así, y puede que todo La Leyenda del Espacio debería haber estado cantado por Morente, aunque eso lo hiciera inviable en directo.
Así que, una vez que Jota se volvió a asomar a la reja, el concierto ya fue en una rampa ascendente hasta el infinito y más allá. Una pega menor: Los Planetas ya casi no hacen conciertos diferentes. Siguen entrando las mismas canciones de siempre, con pocas excepciones. Siguen confiando en Contra la ley de la gravedad por encima de Pop y Super 8. Siguen empeñados en que sus grandes canciones, las que están escondidas más allá de los singles, no se merecen salir al escenario.
Pero poco importa cuando uno encarrila una sucesión de canciones emotivas hasta decir basta, que concluyó en un vibrante bis con Toxicosmos y Pesadilla en el parque de atracciones. Cuando hacen llorar a una de mis acompañantes con Segundo Premio. Cuando despiertan tantos y tantos momentos vividos. Tantas horas pasadas con sus canciones. Tanta gente dejada atrás. Tantos recuerdos en formato canción. Si el buen pop es, por encima de todo, íntimo y personal; si las canciones han de servir para recordarte lo que fuiste y lo que eres, entonces Los Planetas son el mejor grupo de pop español. Y punto.
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